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 ANTES Y DESPUÉS DEL GOLPE DE ESTADO DE 1973

Por Patricio Sánchez

 

Para nuestro núcleo familiar los preparativos del golpe de Estado en Chile se dejaron ver varios meses antes, en Valdivia, debido a que mi cuñado, quien oficiaba como mi “padre adoptivo”, ocupaba en aquel entonces el cargo de Intendente de dicha provincia.

 

Recuerdo que durante aquel año de 1972 nuestro domicilio, en O’Higgins con Janequeo, fue objeto de constantes amenazas de bombas, concretizándose por parte de la extrema derecha un asalto en el que nuestra propiedad fue violentamente destruída, sin que la fuerza pública reaccionara adecuadamente para impedir tal vandalismo.

 

Recuerdo que a mis doce años de edad, la vida en aquel mundo de violencia me parecía normal, que hasta incluso llegué, en algún momento, a encontrar lógico el hecho de vivir en un domicilio con doble vigilancia (por parte de carabineros y de miembros de la Juventud Socialista), hasta el día del golpe de 1973.

 

Recuerdo que, como muchos otros jóvenes chilenos, sufrí fuertemente la represión militar pues mi familia quedó dispersada durante  largo tiempo y, de una u otra forma, conocí los allanamientos, la clandestinidad y luego el drama de la incertidumbre pues mi “padre adoptivo” se hallaba desaparecido, y quien luego sufriría, inexorablemente, la tortura, la cárcel y el exilio.

 

Recuerdo, por cierto, que muchas de estas cosas, y otras que mencionaré a continuación, han calado muy hondamente en mí, verbigracia, la desaparición de Carlos Lorca, el líder de la Juventud Socialista Chilena y a quien, más de alguna vez, crucé en el salón de mi casa, sin poder comprender –debido a mi corta edad- su proyección e importancia en nuestro pueblo.

 

Recuerdo además el primer allanamiento por parte de los militares, en la población Huachocopihue, donde mi hermana y yo nos habíamos refugiado en casa de Nubia Becker (quien es hoy una reputada escritora), mientras que mis sobrinos, de  uno y dos años, se hallaban clandestinos en un lugar para mí desconocido.

 

Recuerdo que en aquel traumático allanamiento fue apresado el joven Carreño, de veinte años de edad, a quien, días más tarde, sus captores le aplicarian la ley de fuga.

 

Recuerdo que en aquella casona de Huachocopihue se hallaban también Gilberto Lespay, Leda Santibáñez y Manuel Carpintero; los cuales serían luego apresados y torturados bárbaramente por los militares.

 

Recuerdo haber participado, durante la misma noche del golpe de Estado, en la impresión del diario La Voz del Pueblo, cuyo primer y único ejemplar los militares buscaron con palas y metralletas hasta lo indecible.

 

Recuerdo el día en que llamó a la puerta de nuestra casa el sargento Celedón, uno de los màs crueles torturadores del regimiento Cazadores de Valdivia.

 

Recuerdo que aquel siniestro personaje venía para traernos “buenas noticias” del Intendente, quien volvía a Valdivia trasladado desde el Estadio Nacional.

 

Recuerdo a Leopoldo y a Ida Rosales, quienes durante los negros años de la dictadura siempre estuvieron presentes para sostener, ayudar o consolar, desinteresadamente, a quien lo necesitara. Es de esperar que en el más allá se les retribuya con creces dicha bondad, pues se lo merecen.

 

Recuerdo el año 1977, cuando nos marchamos al exilio.

 

Recuerdo a los militares apostados por todas partes, y a las fuerzas civiles de seguridad que habían cercado el aeropuerto Pudahuel para que el prisionero Sandor Arancibia –mi padre adoptivo- fuera embarcado en el avión que nos llevaría a Francia.

 

Recuerdo el refugio en París (la Maison de France) donde un compatriota se paseaba por el jardín hablando solo, hasta que alguien me contó al oído que con la tortura había enloquecido.

 

Recuerdo aquellos años, sin que yo pudiera hallar una salida esperanzadora a mi atormenta juventud.

 

Recuerdo a la doctora Paz Rojas, quien me atendió profesionalmente en su consultorio de la rue d’Alésia.

 

Recuerdo a la doctora Eleonora Madariaga, porque gracias a sus consejos médicos volvi a aprender a respirar normalmente en su consulta de Montparnasse.

 

Recuerdo a los míos que me devolvieron a la vida.

 

Recuerdo el día en que regresé a Chile, en noviembre de 1989, y recuerdo cuán feliz me sentí de reencontrarme con mi familia, con mis antiguos amigos del liceo y otros, los cuales todavía continuaban viviendo puerilmente de las juergas, como si el tiempo no hubiese transcurrido para ellos, y para indignación mía, todos se hallaban aquejados de la más irremediable amnesia.

 

Recuerdo a aquel compañero de liceo –muchacho alegre y simpático, pero con un lado oscuro en su vida adulta- que regresaba a Talca, como yo, por esas fechas, después de haber “trabajado” durante largo tiempo en la zona norte de Chile. Dicho amigo, como consecuencia de la caída de Pinochet, se quedaba cesante intempestivamente e intentaba “convertirse” a la empresa privada, según sus propias palabras.

 

Recuerdo a quienes me reprocharon severamente el no haber conocido en carne propia la cárcel ni la tortura.

 

Recuerdo también a aquellas damas de mi región natal que sufrían, hasta las lágrimas, de desconfianza, de miedo y, por añadidura, tachaban a los màs, como también a mí y a mi familia: de “terroristas”, de “marxistas”, de “izquierdistas”; como si los largos años de la dictadura militar hubieran dejado una impronta irreversible y odiosa en las mentalidades de la gente, en que la bondad y la fraternidad chilenas, las que tanto idealicé durante largos años, ya no tuvieran cabida en aquel maravilloso paisaje.

 

Recuerdo, por último, a mis cuarenta y tres años de vida, que no he olvidado nada de todo aquello, pues estas líneas son un testimonio de ese pasado que ensangrentó el suelo en que nací.

 

 

                                                                          

                                                                        

 

Texto publicado en ANTOLOGIA LITERARIA: A 30 AŇOS DEL GOLPE MILITAR.

11 de Septiembre 1973-2003. Chilenos exiliados y otros autores. Ed. J. ARAYA EDITORIAL. STUDIE CENTER TIERRA. SELAE. Milán, Italia.

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