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 Los héroes de la película, ¿quiénes somos?

(Chile, 5/20/02)

Los héroes de la película, ¿quiénes somos?

Por Patricio Sànchez


Somos el fruto de nuestras azarosas circunstancias, aquéllos que sin comprender realmente la magnitud del desarraigo, crecimos en otro suelo, nos hicimos adultos y apátridas para siempre. Lamentablemente, fueron los años los que nos permitieron vislumbrar, a través de la claraboya del exilio, el dolor y la angustia de nuestros seres más próximos. Incluso allí tampoco pudimos decir
ni pío, porque la suerte de la historia ya estaba echada.

Sufrimos y conocimos la dictadura de Pinochet. Vivimos en carne propia la represión militar. Aceptamos entonces sobrevivir, quizás inconscientemente, a todo tipo de miedos o amenazas. Vivimos, por la fuerza de las circunstancias, una especie de exilio obligatorio en nuestra propia patria. Mas no fuimos ni héroes ni jóvenes dignos de normalidad. Estábamos condenados a vivir un drama en silencio. Hablábamos de muerte porque ésta rondaba cerca nuestro. Hablábamos de tortura, de cárceles, de Estadio Nacional, de clandestinidad. No sabíamos a ciencia cierta si nosotros también estábamos en la lista negra.
Por cierto, habíamos vivido de alguna manera “una historia prestada”, pues no éramos los protagonistas directos de aquella gran historia que finalizaba con el golpe, y –más tarde- tampoco le importaríamos un comino a los tiburones expertos en democracia de la nueva izquierda.
Los que habíamos tenido “la suerte” de partir a temprana edad a otros parajes, siguiendo las decisiones de nuestras familias, no sabíamos que así estábamos sepultándonos definitivamente en los escombros de la indiferencia amnésica de los más. De esta forma pasaríamos a formar parte de una generación perdida, “sin importancia colectiva”, y sin ninguna perspectiva a corto o largo plazo.
Durante los años 1990 y 2000 Chile cambiaba de gobierno, y el país pasaba a estar en manos de “gente correcta”: los antiguos combatientes. Los que tuvieron el buen ingenio de regresar a tiempo hoy podrían tal vez jactarse de haber sabido apropiarse de una buena tajada de la torta.
Pero lejos de estas mezquindades o debilidades humanas, típicas de numerosas personas o miembros de partidos, el Presidente Salvador Allende, que de una u otra manera será para nosotros, jóvenes exiliados de la diáspora, un ejemplo sólido de integridad a toda prueba, nuestro verdadero horizonte moral, nuestro hilo conductor que ha de unirnos a una historia que conocimos mal, continuará siendo la verdadera justificación de nuestro extraño desarraigo.
Pero si no somos chilenos al cien por ciento, tampoco seremos europeos o estadounidenses. Perdimos en la primera pelea, perdimos con el tirano, y seguiremos perdiendo porque los que se han apropiado del poder en Chile, en estos nuevos tiempos democráticos, querrán aprovecharlo al máximo y usufructuar entre ellos de todas sus tentadoras regalías.
Sin embargo, muchos de nosotros fuimos en el pasado reciente los que contribuimos en el anonimato, modesta y desinteresadamente, a través de nuestra labor solidaria a derribar al tirano, tarea que continuaremos realizando en otro plano en favor de nuestra patria virtual: Chile.
Somos, por otra parte, sus embajadores más fervientes. Un día venidero, nuestros hijos o amigos hablarán como estilan nuestros compatriotas. Y la Mistral, o Neruda, y otros personajes ilustres, ocuparán un lugar importantísimo en el seno de nuestras conversaciones o preocupaciones más exitosas. La patria que no conocimos será para siempre esta metáfora de poesía y tragedia que llevamos dentro. ¿Quizás para equilibrar los dos polos? ¿Quizás para recuperar en la añoranza el territorio perdido? Pero a pesar de todo no nos nutrimos de la nostalgia pues tenemos presente que no se hacen océanos con lágrimas. Sabemos oportunamente ser felices a nuestra manera. Vibramos con las costumbres nuevas que hemos descubierto. Votamos y trabajamos responsablemente. Hablamos el francés o el inglés, u otros idiomas. Reímos con todas las cosas de nuestra nueva patria, la que sin darnos mucho, nos ha dado todo lo que se nos negó en el suelo de la infancia. Respetamos los valores de estas sociedades “altamente civilizadas”. Somos además libres. Libres del pasado que vivimos, y libres en un suelo libre. No somos héroes de nada. Los verdaderos héroes, tales como Victor Jara o Carlos Lorca se horrorizarían al ver lo que hoy hacen los secuaces del consenso, los políticamente correctos, los que obtienen viajes gratuitos al extranjero, o los que publican sus obras con el dinero del pueblo, y los que ocupan cargos claves sólo porque fueron prisioneros en Chacabuco!
Es probable que muchos de nosotros tengamos la película demasiado clara como para ser engañados con falsos argumentos o polémicas estériles, por parte de quienes tienden a marginarnos y silenciarnos: su vileza llega hasta reprochársenos el no haber sido encarcelados o torturados, durante la dictadura, cuyo pasaporte pareciera ser imprescindible en la actualidad para abrirse puertas.
Digamos, a manera de conclusión, que formamos parte de una masa anónima de jóvenes, o no tan jóvenes, de la diáspora chilena. Quizás no seamos hondamente chilenos como creemos, pero estamos seguros de que vibramos con todo lo que nos llega de aquella “loca geografía”. Pensamos además que aquel suelo es de todos los que amamos a Chile. Alguien dijo alguna vez que somos de donde son nuestros muertos. Esto parece confirmarse a medida que transcurre el tiempo. Los que decidimos quedarnos, permaneceremos solidadarios y fraternos con nuestro pueblo. Nuestra labor de memoria y de solidaridad es tal vez de similar importancia a la que llevan a cabo todos aquellos compatriotas del interior, y cuya similitud quedó largamente comprobada recientemente cuando se retuvo durante largos meses a Pinochet en Londres.
Que se sepa: nosotros no pedimos nada. No deseamos usufructuar de nada. Incluso las primeras páginas de la Historia chilena sobre la dictadura ya han sido escritas, donde ni siquiera se nos menciona. Mas nadie podrá decir jamás que Chile pertenece sólo a “los resistentes del interior”. Chile es un copihue mucho más bello y blanco de lo que se cree. Cuando llegue la verdadera democracia quizás todos volvamos a ser chilenos. Sólo en ese entonces podremos comprender verdaderamente la profundidad del mensaje que nos legó Salvador Allende.


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